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| Rorschach I.1 |
Comentario:
La sociedad teme a Rorschach porque él HA VISTO (aquí VER vale por saber, en tanto que conocimiento que inviste de poder) su verdadero rostro. Para Rorschach la sociedad comtemporanea es un nido de gusanos que él NO está dipuesto a salvar (muy importante ésto para entender su negativa a transigir con la solución de Ozymandias). De alguna manera Rorschach es un moralista con nostalgia por los tiempos en los que
los hombres decentes creían en la paga de un día por el trabajo de un día. Es en ese sentido de la justicia en el que debería cimentarse la armonía entre sociedad e individuo. Pero esta armonía, siempre según su propio punto de vista, ha sido quebrada de un lado por el individualismo liberal y libertino, que pervierte deber común con placer individual, y del otro por el comunismo, que pervierte deber patriótico, ensayémoslo así de momento, con la promesa de privilegios de clase (los de la dictadura del proletariado). Rorschach anhela absolutos y anhela orden, pero en tanto cree que no cabe la rehabilitación en una sociedad ya irreversiblemente pervertida, cifra como única misión posible la de ejecutar el castigo de la misma, vengarse contra quienes se han hecho acreedores a ella.
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| Rorschach I.24 |
En este sentido contrasta con otro gran MORALISTA, Hollis Mason. Seguramente ambos comparten anhelos, pero Rorschach, que ha visto el verdadero rostro de la sociedad, no puede mantener el optimismo que profesa Mason, que sigue creyendo en la capacidad de los individuos para rehabilitarse y volver a ser socialmente útiles:
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| Hollis Mason I.9 |
En tanto que en el fondo o en la superficie lo que quisiera es ver arder el mundo, Rorschach encaja en ese síntoma de nuestro tiempo, el infantil deseo de quedar libres de responsabilidades, que con certera intuición diagnostica Veidt entre ráfagas televisivas, prefigurando, tal vez, la idea de basura que en tanto reflejo de la fuente que la emite se convierte en producto revelador, desvelador de la realidad de la que emerge:
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| Ozymandias X.8 |
¿Pero en qué consiste exactamente el verdadero rostro de la sociedad, el que le lleva a desear su destrucción? En ésto:
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| Rorschach VI.26 |
Ese es el secreto de la sociedad que él ha visto: no hay moral natural, nada que obligue a los hombres a hacer el bien, a respetar lo justo. De ello extrae el siguiente imperativo categórico:
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| Rorschach VI.15 |
Aquí es dónde Rorschach yerra el diagnóstico más clamorosamente y se ve condenado a la desorientación. De la imposibilidad de un fundamento extrinseco concluye la ausencia total de moral, por lo que se haría necesario imponerle al mundo una. Pero la realidad es justamente la contraria, sin una moral "natural", unificadora, con pretensiones universalistas, lo que sucede es que abundan y se multiplican las morales. Tantas morales como grupos y subgrupos, intereses y cosmovisiones en las que pueda dividirse efectivamente el mundo. Eso lo sabe el Comediante, que en ningún momento pretende imponer un orden propio al caos, sino que con realismo extremo (el racionalismo no se situa en los principios sino en las consecuencias, en las rutinas victoriosas), el realismo de la realpolitik, opta por tomar partido en favor de aquellos en la posición más optima para imponer una moral. De esta manera el Comediante se convierte en instrumento de la corte de Nixon, que con todas sus amoralidades garantiza, por lo menos, la recurrencia del sistema. Cabría aquí recordar la frase de Goethe, "prefiero cometer una injusticia antes que soportar el desorden".
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| Comediante IX.20 |
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